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¿Cuánto debemos saber?

¿Cuánto debemos saber?

Por Fernando Moreno

Nunca hasta la llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca, se había {mostrado} tanto interés por conocer los detalles más íntimos de la vida personal de los políticos. Pero ¿quién es el reponsable de esta {súbita} curiosidad que a menudo raya con el {chisme} y la {insidia}? La respuesta mezcla al sensacionalismo de los medios de prensa con el interés político {partidista}, el celo de ciertos grupos religiosos {empeñados} en dominar el espectro político del país y el mismo {morbo} de algunos. El resultado, sin embargo, puede resultar terriblemente {nocivo}: solamente aquellos candidatos que hayan llevado una vida {pía} e {intachable}, se atreverán a {postularse} a los distintos puestos de la política nacional, {mermando} aún más la participación de personas capacitadas para servir en la vida pública.

De entre todos los factores que parecen favorecer esta innovación en la política estadounidense, los únicos que se muestran contrario a ella son los propios electores. ¿De qué otra forma pudiera explicarse que el presidente Clinton sobreviviera al escándalo de Gennifer Flowers, el de haber fumado (aunque no aspirado) marihuana, Monica Lewinsky y la larga lista de supuestas amantes presidenciales?

En muchos casos, hasta los acusadores, terminaron sentados en el banquillo de los acusados, en una caza de brujas sin {parangón}. El mismo Newt Gingrich el republicano más vociferante por un cambio moral en el gobierno, no tuvo más remedio que reconocer su propia relación extramarital con una ayudante congresional 23 años menor. Durante las primarias de 1988, los candidatos Al Gore y Bruce Babbitt, que vieron venir la tormenta, admitieron que habían fumado marihuana durante la década de los sesentas, sin que eso parezca haberles {perjudicado} en absoluto en sus respectivas carreras políticas.

El mismo George W. Bush, {abrumado} por los medios de prensa con insistentes preguntas sobre el supuesto uso de cocaína durante su juventud, sigue manteniéndose a la cabeza de los candidatos republicanos, perfilándose como el gran ganador.

Henry Cisneros, el político hispano que formara parte del gabinete de Clinton como jefe de la Secretaría de Vivienda y Desarrollo, acaba de ganó recientemente una dura batalla. El delito: haber mentido sobre el dinero que le regaló a su amante durante la década de los ochentas. La sentencia después de cuatro años de investigación que costaron más de 10 millones de dólares: 10,000 dólares de multa y un tirón de orejas.

La {moraleja} de estas historias es bien sencilla, y el pueblo norteamericano parece ser el único que lo entiende prefectamente. El interés en la vida personal de un político tiene que estar en línea directa con la capacidad de actuar en el puesto para el que fue electo. No se puede tirar piedras cuando se vive en una casa de cristal. Submitted by parlo.com


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